ciclo el paraíso

entre flores y jardines

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JARDINES Y MITOLIGÍA (II)

El estanque



El mundo es un enorme Narciso que se está pensando.

-Narciso, Joachim Gasquet, 1931-



Dos imágenes relacionadas con el agua me han acompañado desde la infancia. Posiblemente una de ellas sea la primera impresión sensorial que recuerdo. Una visión grabada que nunca he sido capaz de determinar en qué momento sucedió. El otro día, para escribir este texto, consulté a mis hermanos si tenían referencias claras sobre este episodio (en mi familia nunca hubo muchas fotografías ni documentos) y según mi hermana mayor, que siempre ha tenido un recuerdo más claro y preciso sobre los sucesos familiares, parece ser que yo podría tener entre dos y tres años (edad que me sorprendió por temprana), aunque mi hermano discrepó, también convencido de lo que recordaba, con una diferencia considerable, estableciendo mi edad entre los ocho y los nueve, que desde mi punto de vista, y según la naturaleza del recuerdo, me parece menos probable ya que con esa edad los recuerdos hubieran sido más detallados y precisos, siendo los que conservo impresiones sensoriales sin particularidades concretas. Está claro que no se puede relacionar la memoria con la historia, son malísimos aliados y la causa de grandes confusiones y conflictos.

A mediados de los setenta mi familia emprendió un viaje de vacaciones (el primero y último ya que fueron las únicas vacaciones familiares) desde la capital de Granada a su costa, a una pequeña localidad perteneciente en ese momento a Motril, Torrenueva. De esta estancia recuerdo muy poco, sobre todo el olor a mar y las sensaciones en el mercado, pero casi nada de la cotidianidad, ni siquiera una imagen de la playa. El recuerdo más importante e intenso, fue en el trayecto de ida. No tengo claro en qué vehículo fuimos, parece ser, según la citada conversación, que en el taxi de un vecino del barrio, ya que mi padre no conducía y por lo tanto nunca tuvo coche, quedándoseme grabado el viaje como una sucesión de curvas sinuosas de bajada y ligeras subidas, que propiciaba una visión del paisaje más o menos reconocible, hasta que llegado cierto punto en altura, antes de la bajada final, en el que inesperadamente, ante mi asombro, se desplegó un intenso color azul que se expandía hacia el horizonte sin fin, creando junto al cielo un impresionante díptico en azules vibrantes e vigorosos, que nunca más he vuelto a contemplar. Un recuerdo sobre el efecto del agua estancada natural, de ese gran charco que es el mar, la primera visión para un niño de interior.

(Sin título, 1968. Mark Rothko. Colección particular.

Aunque aquella impresión es incomparable a cualquier otra, por su especial impacto, creo que alguno de los expansivos “campos de color” de Mark Rothko podría ponerse como referencia.)



El segundo recuerdo, que se ajusta más al tema de esta serie de escritos, es sobre el agua estancada artificialmente. Para mí este es mucho más difícil de precisar, de concretar las correctas referencias temporales, ya que pudo ser en varios momentos en una edad que se podría fijar en mi segundo lustro de vida. Mi familia se formó y creció en el castizo barrio del Realejo de Granada y aunque cambiamos de domicilio, siempre, hasta que mi madre murió, se mantuvo en el mismo lugar. Para nosotros, tanto de pequeños como de adolescentes, la Alhambra y su entorno fue el espacio natural de recreo. Mi madre habitualmente nos llevaba de paseo en las tardes de verano al fresco de los árboles del bosque del conjunto monumental y a disfrutar del sonido refrescante del agua que corría abundante por los regueros de las alamedas. Recuerdo perfectamente las carreras de hojas secas por las vías de agua hasta que desaparecían cuando el canal se ocultaba. También recuerdo la visión del luminoso y lejano Albaicín (que para nosotros en ese momento, era la “otra ciudad” tras el río Darro), sentados en los poyetes del mirador de la Plaza de los Aljibes, entre el acceso a la Alcazaba y los Palacios Reales. Era más habitual y cotidiano disfrutar de ese entorno de libre acceso que del interior del monumento, cuya visita era menos frecuente. En algún momento hubo una primera vez en la que mi madre, además del paseo decidió que conociéramos el interior de esos maravillosos palacios, y aquí llega el recuerdo al que me quería referir. Las impresiones más duraderas son aquellas que no se esperan. Recuerdo casi al detalle aquella primera vez (que no se confunde con la multitud de visitas posteriores, mas instruidas e informadas): una sala con techos bajos y una balaustrada de madera como a doble altura, que nos conduce a un patio casi cúbico con el suelo de mármol blanco, una fuente baja en el centro y una pared con decoraciones doradas, que, atravesando una de sus puertas, nos lleva a unos pasillos estrechos y oscuros que te obligan a mirar al suelo, y después de un último giro, en un cambio radical del espacio que se abre, allí aparece un gran patio donde podemos ver en el suelo un espejo gigante que como en un truco de magia ilusionista, multiplica todo en un efecto reverberador que genera un extraordinario “universo”. Esa fue mi sensación, una impresión de que el espacio podía ser algo nunca imaginado, una creación. Me pareció grandioso y algo totalmente ajeno a nada visto antes y quizás a nada visto después. El Patio de los Arrayanes de la Alhambra es uno de los grandes milagros del paisajismo arquitectónico.

(a. Patio Arrayanes de la Alhambra de Granada. Vía Wikipedia –Jebuton-

b. Patio de los Arrayanes, 1904. José María López Mezquita. Museo de Bellas Artes de Granada)



Años más tarde conocí que similar impresión se la llevó el gran arquitecto mejicano Luis Barragán. Este arquitecto, uno de los que más y mejor ha trabajado la relación del agua con la arquitectura, reconoció en su discurso de aceptación del Premio Pritzker de 1980, la trascendental influencia de su visita a la Alhambra, en aquel viaje iniciático de 1924 al finalizar sus estudios de Ingeniería Civil (fue arquitecto de formación autodidacta), describiéndola como una epifanía: “Caminando por un estrecho y oscuro túnel de la Alhambra se me entregó estrecho callado y solitario el hermoso Patio de los Mirtos (de los Arrayanes) de este antiguo palacio. Contenía lo que debe contener un jardín bien logrado, nada menos que el universo entero.”

(a. Cuadra San Cristóbal, 1968. Luis Barragán. Vía Wikipedia -Šarūnas Burdulis-

b. Bebedero de Las Arboledas, 1962. Luis Barragán)



El estanque es uno de los elementos fundamentales en el desarrollo del jardín, utilizado en primer lugar como almacenamiento del agua de manantiales naturales y posteriormente llegando a tener una finalidad ornamental y de control térmico en jardines cerrados, adquiriendo, como otros elementos del jardín, su sentido simbólico de representación del Paraíso (o de carácter sagrado, por ejemplo, el estanque de Betesda en Jerusalén en el que Jesús obró un milagro), que a través de Persia llega al Mediterráneo griego y romano donde además se desarrolla una extraordinaria ingeniería hidráulica que más tarde se expande con la cultura islámica.

(a. Cristo sanando al paralítico en el estanque de Betesda, 1670. Esteban Murillo. National Gallery de Londres

b. La piscina probática, 1724. Giovanni Paolo Panini. Museo Thyssen-Bornemisza

Nos dice Juan en su evangelio: “Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco portales. En estos yacían multitud de enfermos que esperaban el movimiento del agua, porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua, y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.” Allí curó Jesús a un anciano postrado durante 38 años, para que pudiera bañarse en la piscina por sí mismo.)



Este aspecto simbólico ancestral de que el estanque funciona como un gran espejo que genera la visión del “Universo” lo podríamos relacionar con el psicoanálisis lacaniano, en el que el espejo reconstruye lo fragmentado para generar una imagen completa y unificada. Una reconstrucción del orden general en el espejo limitado y acotado de un jardín.

Nos habla Gastón Bachelard en su ensayo sobre el agua y los sueños, que “el espejo de la fuente ofrece la oportunidad de una imaginación abierta”, una imaginación que alimenta la causa material, no formal, que aspira a encontrar en el ser a la vez lo primitivo y lo eterno, dominando lo temporal y la historia, y en este punto lo relaciona con un relato mitológico fundamental, el de Narciso, destacando al narcisismo como primera conciencia de la belleza, siendo el germen del pancalismo (esa doctrina filosófica que hace depender de lo bello todas las demás cosas), un narcisismo cósmico que establece una dialéctica con el narcisismo individual que nos dice que sin un polo en el mundo, la polaridad del alma no podría establecerse. El rostro reflejado en el centro de la fuente impide a menudo huir del agua y la consagra a su función de espejo universal.

(Narciso,1599. Caravaggio. Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma)



Es bien conocido el mito de este joven, hijo del dios de las aguas fluviales Cefiso y la ninfa náyade Líriope, según la versión más aceptada, del que no se conoce más ocupación que pasear por el bosque y la caza, y al que Tiresias, tras la consulta de su madre, que mostraba preocupación por su futuro, le auguró larga vida con la condición de no conocerse a sí mismo. Según nos cuenta Ovidio en sus Metamorfosis, tras despreciar y burlarse de Eco (la bella ninfa de maravillosa voz, castigada por Hera, por entretenerla con su canto mientras Zeus iba de aventuras, a solo poder repetir la última palabra que escuchara), también de otras ninfas nacidas del agua y de los montes y de una otra multitud de jóvenes mancebos, recibió la maldición de la divina Ramnusia (también llamada Némesis), tras escuchar las súplicas de los despechados (parece ser que en concreto del joven Aminias), de “¡que llegue a amar de este modo y que jamás goce de ser amado!” Esa maldición se cumplió cuando vio en las cristalinas aguas de un manantial, “que brillaban como la plata”, a un bello joven. Conocido es el desenlace: víctima de un amor imposible no correspondido, agotado de “besar en vano a esa fuente engañosa”, se consumió en una combustión de pasión, desapareciendo en el borde del estanque, lugar donde solo se pudo encontrar una “flor de color azafrán, cuyo centro está rodeado de blancos pétalos”.




Quizás la interpretación popular del mito sea algo injusta con él, y puede que mal enfocada. La RAE, en su diccionario, define narcisismo como: “Excesiva complacencia en la consideración de las propias facultades y obras”, y en su versión para estudiantes: “Persona que cuida en exceso de su aspecto físico o que tiene un alto concepto de sí misma”, equiparándolo a la vanidad, cuando realmente para ser vanidoso, es necesario tener conocimiento de uno mismo, y en Narciso su incapacidad de autorreconocimiento y por lo tanto de conocimiento del otro, le hace actuar con inconsciente desprecio y dejadez, según nos cuenta Carmen González Castro en la entrevista del “Bloc de notas” de la Belleza: “Narciso es un personaje patético que no sabe lo que ve y no sabe de qué se está enamorando. Se enfrenta a una paradoja en la que ha caído por el azar (o por el destino añadiría yo), que expulsa cualquier posibilidad de acción. No hay salida para él.” No tiene oportunidad de conocerse ni de conocer al otro y eso le incapacita para el conocimiento el universo. Es imposible la vanidad para él.

Puede que una de las funciones del jardín sea esa vía para la conciencia personal en relación con el cosmos, pequeños paraísos que concentran el “universo” para identificar nuestro lugar en el mundo. Ovidio en este relato del mito de Narciso y Eco describe ese espacio que nos remite a la nostalgia del Edén, eso que siempre ha sido un jardín: la representación de la añoranza del Paraíso perdido, un lugar ajeno a la naturaleza, una creación humana quizás para reconocernos en él: “Había un cristalino manantial, cuyas aguas brillaban como la plata, al que jamás se habían acercado ni los pastores, ni las cabras que pacen en las montañas, ni ninguna clase de ganado, al que no había turbado la presencia de pájaro alguno, ni bestia salvaje, ni rama alguna de árbol había turbado su pureza.”




(Este texto sobre los estanques y Narciso sirve de introducción para la siguiente reflexión compartida, en este caso con la artista plástica e investigadora Carmen González Castro, por eso…. Continuará)