ciclo el paraíso

entre flores y jardines

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MUERTE POR EXCESO

Las rosas de heliogábalo

The studio was filled with the intense smell of roses…

Oscar Wilde -Comienzo de El retrato de Dorian Gray, 1891-

Creo que lo que más me impresionó de Pompeya fue la mágica sensación de irrealidad que genera pasearla. Aunque son evidentes las marcas propias de un conjunto monumental y turístico en plena restauración, aún puede apreciarse y sentirse la singularidad de ese milagro del tiempo rescatado. En ciertos lugares de la ciudad, uno parece haber retrocedido en el tiempo a esos momentos anteriores al 24 de octubre del 79 (supuesta fecha de la erupción de Vesubio).

(Imágenes de la carpeta POMPEYA, edición limitada de 35 fotografías)

Tuve la suerte de haber paseado por ese entramado urbano desenterrado, a principio de siglo, en un invierno soleado, y afortunadamente, con muy poco turista y sí muchos perros tumbados al sol. Llegaba cada mañana en el tren de la bahía desde Nápoles y pasaba sin ninguna cola dispuesto a estudiar los magníficos ejemplos de pintura que nos ofrece esta ciudad. En comparación con otros enclaves romanos, Pompeya no da la sensación de ruina, de un elemento arqueológico que haya sido afectado por el paso de los siglos y alterado por la superposición de diversas capas temporales. Es otra cosa, más bien se asemeja a un objeto abandonado y tapado en un desván que, al ser destapado nos ofrece una sensación singular de eternidad muy diferente respecto a otros conjuntos arqueológicos. Es cierto que los trabajos de restauración y consolidación cada vez más lo van llevando al mundo de la impostura, pero ese parece el precio a pagar por conservar estos espacios para futuras generaciones, una museificación de falso estuco que también está ocurriendo en nuestras ciudades europeas, convertidas en parque temáticos de piedras antiguas.

(Imágenes de SALÓN -Instituto de América de Santa Fe, 2007)

Fui a Pompeya a concluir el proyecto de 2007 Tres Estancias de un Apartamento Burgués, más concretamente la estancia “Salón”, que se fundamentaba en el erotismo y el placer de los sentidos, y para la que me interesaba el análisis de la pintura erótica romana, muy presente en Pompeya y claro, en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Pude encontrar fantásticos ejemplos en el famoso Lupanar, donde se puede ver un catálogo de variantes de prácticas sexuales, correspondientes a la actividad que se desarrollaba en estos burdeles. Fuera de esta temática tan concreta, Pompeya nos ofrece un repertorio vastísimo de los diferentes periodos de pintura romana, desde la más arquitectónica y paisajista del primer y segundo estilos, hasta la figurativa y narrativa con retratos, paisajes y escenas de la vida cotidiana, así como relatos mitológicos, de los estilos tercero y cuarto. Podemos destacar la serie de pinturas de la villa periurbana de los Misterios, situadas en lo que pudo ser un triclinio (llamamos triclinium, por extensión, a la estancia donde se colocaban tres klinai –un tipo de diván- alrededor de una mesa para comer, es decir un comedor) interior y que representan diversos cultos mistéricos relacionados con Dionisos.

(Villa de los Misterios, Pompeya. -Foto vía Wikipedia. Autor, Rafaelle Pagani-)

Otro importante ejemplo es el mural exterior de la Casa de la Venus de la Concha, una domus urbana, en la que se haya un fantástico fresco cuya figura principal es una Venus Anadiomena (emergiendo del mar en una concha) recostada, situada en la pared del peristilo (jardín interior porticado). La intención del programa pictórico desarrollado alrededor de la diosa, con paisajes, elementos arquitectónicos, fuentes, estatuas, plantas, flores y pájaros variados, fue la de crear un espacio ilusorio que diera profundidad al jardín, haciendo que se confundiera lo real con lo representado. Un espacio aumentado.

Esto también podemos verlo en otra de las importantes casas de Pompeya (desgraciadamente esta no tuve la oportunidad de disfrutarla debido a que estaba en proceso de restauración), la llamada Casa del Brazalete de Oro en la que se encuentran varios frescos de jardines en los triclinium de la planta baja y primera (en este junto a escenas de Dionisos y Ariadna), cuya intención era la de emular, e incluso superar, al jardín exterior en esplendor, por cierto, el primer jardín romano en ser excavado con fines científicos aportando muchos datos acerca de su composición tanto desde el punto de vista formal como el de las especies vegetales utilizadas en la antigua Roma.

(Casa de la Venus de la Concha, Pompeya -fotos del autor-)

(Casa del Brazalete de Oro, Pompeya -Fotos vía Wikipedia. Autores, Stefano Bolognini y Wolfgang Reiger-)

Del hortus rústico al jardín interior de las domus urbanas, la jardinería romana se va sofisticando conforme se va enriqueciendo en especies y técnicas según avanza la conquista hacia oriente, para establecer una relación simbólica y conceptual de la arquitectura con la naturaleza. Jardines creados como espacios singulares, para la contemplación, el reposo y la ritualización, favoreciendo puntos de vista y adaptándose al terreno, formando conjuntos armoniosos que mezclaban la geometría con lo asilvestrado, y donde el uso del agua (ornamental, pero sobre todo desde el punto de vista de la ingeniería) y la aplicación de técnicas como la toparia (control formal de las plantas para crear setos y otras figuras) fueron fundamentales para la concreción de la idea que tenemos hoy en día de un jardín. Como vemos, para Occidente todo está ya en Roma, Roma es Occidente. Su afán civilizador efectivo aglutinó tanto el pensamiento griego como diversas prácticas y modelos orientales, llegados a través de Persia y Egipto, que definieron en el caso que nos ocupa, los modelos principales de jardines más importantes incluidos los del Al Andalus.

(Reconstrucción del jardín de la Villa Vettii, Pompeya y jardín del Generalife, Granada -Fotos vía wikipedia. Autores, Patrick Charpiat y Saiko-)

Tras el Renacimiento, se produce un segundo resurgimiento del amor por lo clásico, quizá de un tono más literal y por lo tanto menos creativo, como reacción al Barroco y coincidente con el descubrimiento (o mejor dicho, con la prospección sistemática sobre mediados del siglo XVIII, por parte del ingeniero militar español Roque Joaquín de Alcubierre, bajo mandato del rey Carlos de Borbón en Nápoles) de las ciudades de Pompeya y Herculano. Un pensamiento que fue articulado en el mundo germánico por Johan Joachim Winckelmann, definiendo el Neoclasicismo, teoría estética, por cierto, algo endeble, con errores básicos de interpretación y grandes sesgos, que sistematiza los estudios de la historia del arte y de la arqueología. Esta relectura de lo clásico y de la mitología derivó, además de en una reacción romántica, en una interpretación académica historicista que no solo tiene como referencia los estilos del arte clásico, sino los modos de vida del mundo antiguo, como legitimación de los modelos de creación. En este contexto encontramos a la figura del pintor Alma-Tadema.

Lawrence Alma-Tadema (1836-1912), pintor neerlandés nacionalizado británico, formando en el ambiente académico de Amberes, con influencias de la mitología germánica y el tardorromanticismo, desarrolló en Londres, después de varios viajes a Italia, su estilo de recreación histórica del mundo clásico con un punto de vista dramático (no por intenso sino por teatral) en el que despliega una portentosa técnica para el detalle y un gran conocimiento de la arqueología, fruto de los numerosos viajes a las excavaciones de Pompeya, donde encontró, además de detalles técnicos, los contextos cotidianos donde ambientar sus composiciones. Perfiló una representación de la belleza cercana al decadentismo prerrafaelita muy del gusto de la sociedad victoriana británica, ávida del exotismo mesurado de la antigüedad clásica, gusto que se fue formando en el Reino Unido a través de las expediciones del Grand Tour.

(La siesta -Museo del Prado-)

Hay un gran número de obras en la producción de Alma-Tadema que están ambientadas en Pompeya, como la de inspiración helénica, La siesta (1868, también llamada Escena pompeyana). Un cuadro donado al Museo del Prado por Ernest Gambart en 1879, marchante y gran valedor del pintor, y figura clave para su implantación y éxito en Inglaterra. Cuadro en el que podemos apreciar algunos de los elementos fundamentales en el trabajo de Alma-Tadema, una tendencia al hedonismo inspirado en el mundo antiguo y un gusto por el detalle, por la definición delicada de las superficies de diversos materiales y tejidos, y especialmente un interés particular por las flores. En la mesa junto a la que descansan un joven y un anciano mientras una aulétrida ameniza el momento, podemos ver un ramo de rosas y numerosos pétalos esparcidos.

Recurrente en buena parte de su obra, como objetos que posibilitan la exhibición de un virtuosismo técnico pero a la vez con una gran carga simbólica, podemos ver flores: en el cuadro Primavera (1894, JPGetty Museum, Los Ángeles), donde un desfile de jóvenes portando ramos avanza la llegada de la estación; pétalos arrojados para alfombrar el suelo a la entrada de Marcus Aurelius Antoninus en los baños que llevan su nombre, en el cuadro Caracalla (1902, Colección particular); o como pequeño detalle, tres pétalos de rosa sobre la piedra blanca del balcón al mar, junto al codo apoyado de la joven que se asoma, en la obra Una posición ventajosa (1895, Colección particular), por citar algunos ejemplos. Pero si hay un cuadro reconocido del pintor en el que usa los pétalos como argumento central de la obra es el lienzo de 1888, Las rosas de Heliogábalo (Colección particular). A simple vista podemos apreciar y valorar que este cuadro, como la mayoría de la producción de Alma-Tadema, está concebido para poder desplegar su talento casi de una forma ostentosa. Una composición rectangular y horizontal en la que la diagonal de izquierda/arriba a derecha/abajo es inundada por un torbellino de pétalos de rosas de variadas tonalidades, hundiendo a una serie de personajes bajo esta masa cromática, mientras, otro grupo observa la situación entre el desdén y el divertimento. Una espectacular y bella imagen que esconde un extremo y despiadado hedonismo. La escena sucede en la terraza de un jardín pompeyano y describe un pasaje de las “aventuras” de uno de los más controvertidos -por estrafalario- emperadores de Roma de antes de la crisis del siglo III, Heliogábalo.

Según nos narra Elio Lampridio en Historia Augusta (libro de biografías de emperadores romanos de los siglos II y III d.C. recopiladas por varios autores, cuya fecha de creación y contenido es puesto en duda por la historiografía, pero que fue referencia para la creación literaria y artística sobre todo entre en el siglo XIX, ayudando a definir un imaginario de la vida de la antigua Roma), este emperador organizó una gran fiesta en la que, tras el exceso de abundante comida y bebida, “obsequió” de forma inesperada a sus invitados, ya adormecidos por los efectos de banquete, con una lluvia de pétalos tan desmesurada, que causó la asfixia por ahogamiento de gran parte de ellos, mientras el emperador observaba, desde el triclinio junto a sus allegados, un espectáculo para los sentidos, una performance de color y fragancia, de agonía y muerte.

(Las rosas de Heliogábalo -Colección particular-)

Sexto Vario Avito Basiano (Emesa, 203 – Roma, 222), joven sacerdote y noble perteneciente a de la dinastía Severa, tras una serie de intrigas posteriores al asesinato de Caracalla, llegó a ser emperador con el nombre de Marco Aurelio Antonino Augusto, conocido más tarde como Heliogábalo por su culto al dios Elagabalus o Sol Invictus. Gobernó desde los quince a los dieciocho años (de 218 a 222), dejando en ese poco tiempo una reputación de excesivo, cruel, despiadado y disoluto. Fue asesinado por la Guardia Pretoriana y declarada sobre su persona la damnatio memoriae (esa práctica del poder que consistía en condenar al olvido oficial).

Para la leyenda sobre la antigüedad romana, Heliogábalo forma parte de ese grupo de emperadores de desmedidos vicios y excesos, representados principalmente por Calígula, legendario por su despotismo y crueldad, habiéndose hecho populares las hazañas de nombrar a su caballo cónsul, su guerra contra el mar para humillar a Neptuno, su desorbitado derroche en fiestas, su avidez sexual, que le llevó a tener relaciones con sus hermanas y hacer de su palacio un lupanar… y por Nerón, el asesino de su hermano, de su madre, de su primera esposa y su segunda esposa (a patadas) así como de todo sospechoso de conspiración, el adorador de su mono favorito, el sádico sexual y al que se acusó de quemar Roma mientras tocaba la lira... Una mezcla de arrogancia política, desprecio a la convención y abuso de poder, así como un relativismo moral lleno de excesos, violencia, sexo, bebida, comida, son los rasgos que definen a estos sátrapas, un imaginario cimentado en fuentes más o menos cuestionables, pero que nos da una dimensión de la cultura política romana y de sus malos gobernantes. Es tal la influencia de esta visión de ciertos emperadores que, por ejemplo, el Diccionario de la lengua española de la RAE recoge el término heliogábalo como “persona dominada por la gula”.

Las rosas de Heliogábalo es un cuadro excesivo que pretende representar el exceso y la sensual rosa es su vehículo. Aunque en Historia Augusta y otros textos clásicos la flor principal de este y otros episodios similares es la violeta, dejando en segundo plano a la rosa (es muy interesante la relación entre rosa y violeta, la más temprana y la más tardía de la primavera), Alma-Tadema le dio el papel protagonista porque sabemos del significado de esta flor en la Inglaterra victoriana, símbolo de la belleza, la sensualidad, el amor y divisa del decadentismo -del que nuestro emperador es uno de los referentes en la época, como para Oscar Wilde, que escribe en El retrato de Dorian Gray: “… y como Heliogábalo, se pintó la cara, tejió en la rueca entre mujeres, e hizo traer la Luna desde Cartago y la dio al Sol en unos esponsales místicos.”-. También sabemos del uso de la rosa en la Roma imperial: banquetes inundados de pétalos hasta las rodillas, alfombras de rosas en campos de batalla para la visita de algún emperador…, así como en festividades como las rosalías, en las que se ofrecían rosas a los difuntos estableciéndose una relación simbólica entre vida y muerte.

La rosa no es delicada. Ese atributo lo podríamos dejar para la amapola. La rosa no es sutil, como sí podríamos definir a la orquídea. La rosa es una flor excesiva. El humano encontró en la naturaleza un elemento, que al potenciarlo (la rosa es una recreación del hombre para exagerar sus atributos) pasara a un plano cultural que representara cierta aspiraciones y condiciones de nuestra naturaleza, sobre todo las relacionadas con las pasiones. Las rosas por sus exuberantes características sensoriales nos inflaman, excitando tanto a la vista -colores profundos vibrantes y variados-, como el olfato -intenso aroma fundamental en el concepto de perfumería-, así como el tacto -una carnosa y aterciopelada superficie-, incluso al gusto –de uso gastronómico como el agua de rosas, el rosatum (vino de rosas) o algunos postres-. Todo ello ha propiciado un importante aparato simbólico que abarca distintas épocas y culturas, y ha sido fuente inagotable para el lenguaje poético y metafórico, “tibios sancta sanctorum de la eterna poesía” escribió García Lorca. Como el vino, su uso y abuso, nos lleva a la embriaguez apasionada y como hemos visto, en algunos casos incluso hasta la muerte. Una muerte por exceso.

(Las rosas de Heliogábalo II, del proyecto Flores)

(Las rosas de Heliogábalo I, boceto y detalles)