De valores y sentires. Nº6: Universidad de Yale, 2015

Me gusta tener una hija adolescente. A pesar de estar en una edad de desorden hormonal, en la que es muy difícil que mantenga la atención y concentración en algo que no sean sus chorradas juveniles, es muy interesante, ya que se puede establecer con ella una incipiente y estimulante relación intelectual. Por las tardes realizamos nuestras tareas en la misma mesa de trabajo y suelo prestar atención a las materias que le imparten en clase, para así posibilitar reflexiones complementarias y/o alternativas al temario curricular. Hace poco preparaba un examen de Historia sobre la evolución de los homínidos hasta nuestros días. En la materia a tratar manejaba un gráfico de línea de tiempo, en el que, en aras a una supuesta mejor compresión de los contenidos, se sacrificaba el rigor científico. Este gráfico desarrollaba una evolución de unos 4.000 millones de años, con una escala súper descompensada en cuanto a la duración proporcional de los distintos periodos. Le propuse que se fijara en la relación temporal del periodo del “Homo habilis” con respecto a la Edad Moderna. Es normal que se asombre debido a la dificultad que aún tiene de entender las escalas temporales. Es difícil que un adolescente concrete miles de millones de años cuando para él la antigüedad son los años 80 del siglo pasado. Para la especie, ese tiempo no es tanto, el suficiente para ir modificando la información genética que la define, su apariencia y su comportamiento inconsciente, mediante lentas modificaciones fruto de los procesos de adaptación al entorno. Es interesante visualizar ese proceso en un gráfico, desde que tenemos seguridad de la aparición de los primeros homínidos bípedos, los “Australopithecus”, hasta el ser humano actual, el “Homo Sapiens Sapiens”. Más interesante es aún visualizar lo insignificante que es la “Edad Contemporánea”, en este proceso evolutivo. Y es absolutamente ridículo el periodo que arranca tras la Segunda Guerra Mundial, que es en el que vivimos.

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Comento esto, por la, me parece, actitud naif y adanista de las últimas generaciones, las nacidas tras las revueltas de finales de los 60 que consideran la “re-creación” o la “re-programación” del individuo y de la sociedad contemporánea. Pienso que este punto de vista, digamos que algo infantil, es fruto del pensamiento utopista-revolucionario del siglo XIX, ajustado al comienzo del siglo XX por la expansión industrial y reformulado críticamente tras la crisis de la Guerra Mundial por el estructuralismo y posestructuralismo francés surgido de la confrontación al modelo historicista alemán. Un seguimiento ciego del “Pop-Star” del pensamiento galo, Michel Foucault, tiene mucho que ver con todo esto.

Hoy, en esta serie de “Valores y Sentires” (que es la reflexión previa a un proyecto expositivo), no solo quiero hablar de un suceso concreto, sino de una situación, de un estado general de las cosas. Me gustaría empezar por un hecho acontecido en el Campus de la Universidad de Yale en 2015:

/ UYale, 2015. La administración manda un correo al alumnado indicándoles que opten por disfraces que no hieran la sensibilidad de ninguna minoría. Erika Christakis, profesora residente en el campus, ante lo que consideraba un exceso del Rectorado, reivindicó, en un escrito exquisito, el tono festivo, transgresor de Halloween y alertó de las consecuencias sociales y académicas de aceptar que la burocracia se inmiscuya hasta en la ropa de fiesta. La tormenta posterior fue épica: Nicholas Christakis, también profesor de la universidad, argumenta con un grupo de estudiantes indignados por el escrito de su mujer. El profesor recibe insultos, llantos y gritos por su "insensibilidad", su "racismo" y por alentar un entorno donde pueda "acaecer la violencia" contra las minorías. Un alumno le dijo que “no quería confrontar ideas, quería expresar sus sentimientos”.

Cada vez más, el lexicón de la izquierda cultural posmoderna se convierte en mainstream: "espacios seguros", "microagresiones", "prejuicio inconsciente", "pronombres escogidos", "apropiación cultural", "interseccionalidad", "opresión sistémica”: un ramillete de conceptos “resistencialistas” y neologismos orwellianos que evidenciaban una traslación sintomática: el confort moral del alumno ultrasensible como bien supremo. En el nuevo ecosistema universitario, hay que sacrificar el temario por el bienestar estudiantil, los hechos por el “wishful thinking” y la incómoda verdad por la deseada justicia social. Es el razonamiento del "antifa": callar al intolerante es no solo un acto de justicia, sino un deber moral para prevenir la violencia que desatarían sus palabras, esos "discursos del odio". La dialéctica de la defensa propia. Después emerge otro salto: odio es lo que yo diga que es odio. Lo que implica que odio es simplemente, aquello que no se ajusta "a mi forma de pensar". La tolerancia queda sustituida por el dogma. Si las ideas del profesor desafían los mandamientos del Social Justice Warrior, automáticamente se etiquetan de fachas, racistas, homófobas. La profesora Christakis renunció a dar clase en Yale desde ese momento. / (Resumen del artículo “Censura en el campus”, de Alberto Nahum García)

(Erika y Nicholas Christakis)

(Erika y Nicholas Christakis -Imagen de su Facebook personal-)

 

Al leer este hecho en la prensa me vino a la cabeza el maravilloso y preclaro “Prefacio y preludio” de Harold Bloom en su brillante defensa de “El canon occidental” de 1994: “En la actualidad nuestras instituciones educativas están atestadas de resentidos idealistas (definidos por él como “Escuela del resentimiento”) que denuncian la competencia tanto en la literatura como en la vida, pero, según todos los antiguos griegos, estética y agonística son una sola cosa, verdad que después fue recuperada por Bruckhardt y Nietzsche. Lo que Homero enseña es la poética del conflicto (…) ahora la moda en nuestras universidades y facultades, donde todos los criterios estéticos y casi todos los criterios intelectuales han sido abandonados en nombre de la armonía social y el remedio a la injusticia histórica”.

Como él mismo decía (“Me siento bastante solo en la actualidad al defender la autonomía de la experiencia artística”), hoy, y desde hace ya unas décadas, es difícil defender ciertos aspectos de la realidad como algo independiente de la ideología, una extraña alianza entre diversas inercias reaccionarias y la corriente utopista. Pero en realidad el profesor Bloom no está solo. Lo demuestra su “discípula” Camille Paglia, ciclón intelectual que lleva desde los años 90 sacudiendo con fuerza al establishment académico, social y político americano. En su volumen de recopilación de diversos ensayos y artículos de los años 90 “Vamps & Tramps, más allá del feminismo”, podemos leer un texto de 1992 titulado “El campus escuela guardería: la corrupción de las humanidades en los Estados Unidos”. En él describe como una nueva élite de “contemporizadores y mercenarios han tomado las universidades americanas, tras la huida del talento, recompensados por el amiguismo y el conformismo”. Nos cuenta como “los multiculturalistas y los políticamente correctos en las cuestiones de raza, clase y género, en realidad, representan una continuación de la amable tradición de respetabilidad y conformidad (…) que busca por encima de todo no ofender y que por lo tanto debe fingir no notar las diferencias ni distinciones entre personas o culturas (…) Las universidades abrieron el camino al crear un gueto ahistórico de estudios negros, que engendró los estudios de la mujer, y a su vez los de los gays (…) Cabe preguntarse si los intereses de los negros, las mujeres o los gays han sido atendidos por esos feudos políticos. Todo lo contrario, estos programas han dado origen a la nueva policía del pensamiento que es la corrección política”.

Ella misma, gran polemista, ha sido víctima del ataque feroz de esta “policía”, siendo acusada de ser la voz de la extrema derecha cuando planteaba sus argumentos sobre las violaciones en los campus, su posición respecto al feminismo, la pornografía y la prostitución. Como ella nos dice, “El discurso racional no es posible en una atmosfera de histeria de masas”.

Me parece que hoy en día están muy distorsionados los términos “progresista” y “conservador”, que han llegado a nosotros con una inercia, un mar de fondo, que desvirtúa su genuino significado. La mayoría de “progresistas” actuales, en sus posiciones con respecto a la naturaleza, a la economía o la sexualidad, por ejemplo, han pasado a formar parte de una neo-religión laica con espíritu reaccionario y conservador (véanse las teorías del “Decrecimiento” o “Crecimiento 0”, la defensa de mercados laborales propios del siglo XIX y las posiciones con respecto a la pornografía y la prostitución)

 

Pasemos ahora a ver otros aspectos que afectan a ese nuevo puritanismo y a las estrategias de censura actuales. Voy a comentar un par de casos sucedidos en los últimos años protagonizados por dos hombres del mundo de la cultura y espectáculo. En agosto de 2019, nueve mujeres, de forma anónima, denunciaron por acoso sexual al cantante y director de orquesta Plácido Domingo, mediante una nota en Associeted Press:

“La única mujer que ha aceptado revelar su nombre es la mezzosoprano Patricia Wulf, quien asegura en declaraciones a AP que conoció a Domingo en 1998 durante la representación de ‘La flauta mágica’ en Washington. Según sus propias palabras, Domingo la esperaba tras las representaciones para felicitarla y alabarla, preguntándole por qué debía irse a casa temprano. ‘Totalmente y con toda certeza, era acoso sexual’, dice hoy Wulf. ‘Cuando un hombre se te acerca tanto y con una sonrisa te pregunta si te tienes que ir ya a casa, de forma repetida, no encuentro otra conclusión de que quiere irse a la cama conmigo’, añade, según AP. Wulf mantiene que no hubo contacto sexual entre ambos y que su marido estaba al tanto de los acercamientos de Domingo”.

“Sólo una de las nueve mujeres asegura que se sintió obligada a tener relaciones sexuales con Domingo. Fue en 1988, y esta mezzo formaba parte del coro en un montaje de ‘Los cuentos de Hoffman’ en Los Ángeles. El tenor se ofreció a ayudarla en su trabajo y la citó a varios encuentros a solas, según recuerda ella. Durante tres años se vieron periódicamente y, según ella, en 1991 se acostaron juntos, en una ocasión en el hotel Biltmore de Los Ángeles y otra en la residencia del propio Domingo en la misma ciudad. Tras el segundo encuentro, la mezzosoprano decidió cortar todo contacto con el tenor y hoy mantiene que eso acabó con su carrera, algo que el propio Domingo ha negado en su comunicado.” (Extractos de prensa)

Como se puede ver, fue una denuncia en los medios de comunicación de hechos que habían sucedido hacía bastantes años. Nunca se llegó a realizar una acusación en ningún juzgado o comisaría, y la propia naturaleza de la denuncia es, por decirlo de alguna manera, bastante vaga y ciertamente interpretable. El cantante, torpemente, emitió una serie de comunicados disculpándose por si había ofendido a alguien, pareciendo lo que en realidad no quería hacer, un reconocimiento implícito de los hechos. El asfixiante e inquisitorial ambiente dominante, una pérdida de contratos y de prestigio personal, fue le razón de estas desafortunadas notas. Él siempre ha mantenido que nunca hizo nada ilegal ni siquiera amoral. Uno de los efectos inmediatos de estas acusaciones en plaza pública, fue su despido como director de la Ópera de los Ángeles, así como la cancelación de todos sus contratos de ese año. En España fue despedido de sus representaciones programadas en el Teatro Real, por el Ministro de Cultura, el Sr. Juan Manuel Rodríguez Uribes, que declaró al respecto: “Cometer actos graves tiene consecuencias”. El estado de cosas es tal, que no se necesita probar que se hayan cometido “actos graves” en un juicio justo y con garantías, para condenar a una persona a la muerte civil y profesional. Siguiendo esta misma dinámica ético-moral, el ministro Rodríguez debería haber dimitido inmediatamente y haber pedido la dimisión de Presidente del Gobierno cuando se hizo público que el Sr. Sánchez podía haber plagiado su Tesis Doctoral (la compañía Plagscan emitió un comunicado diciendo que había un 21% de material plagiado) y además esta, podía haber sido realizada por un grupo de personas cercanas al Ministerio de Economía de ese momento.

 

Otro acusado hace menos tiempo, ha sido el RockStar Marilyn Manson, denunciado por abusos, por su exmujer Evan Rachel Wood a través de Instragram.   

“Obviamente, mi vida y mi arte han sido como imanes para la polémica, pero estas recientes acusaciones vertidas sobre mí son horribles distorsiones de la realidad. Mis relaciones íntimas han sido siempre completamente consensuadas con compañeras que compartían mi mentalidad. Independientemente de cómo o por qué ahora se intente tergiversar el pasado, esa es la verdad”.

He de decir que admiro a estos dos personajes. No los conozco personalmente, ni tengo interés. Tampoco sé si son buenas personas, ni me importa. Tengo claro lo que significan en su actividad artística y lo importantes que han sido para mí. Plácido Domingo es una leyenda viva del mundo de la Ópera, un coloso, y Marilyn Manson es el último rockero. No sé lo que han hecho personalmente ninguno de los dos, pero creo que, si han hecho algo ilegal, tendrían que ser juzgados y si se demuestran las acusaciones, condenados. Personalmente, pienso (y por eso he escrito estas notas), que lo de Plácido Domingo es indigno de una sociedad civilizada. Me remite al ajusticiamiento en plaza pública por una muchedumbre enfurecida.

Respecto a este ambiente neo-inquisidor, en el que pagan igual culpables que inocentes, ya que están desapareciendo las garantías jurídicas, quiero hacer referencia a un manifiesto de un centenar de mujeres del mundo del arte y la cultura francesa, con Catherine Deneuve a la cabeza, que redactaron en enero de 2018 contra el “nuevo puritanismo”:

/La violación es un crimen. Pero el coqueteo insistente o torpe no es un crimen, ni la galantería es una agresión machista. Ha habido una conciencia legítima de la violencia sexual contra las mujeres, particularmente en el lugar de trabajo, donde algunos hombres abusan de su poder. Era necesaria. Pero esta liberación de la palabra se convierte hoy en su opuesto: ¡Nos ordenan hablar, a silenciar lo que enoja, y aquellas que se niegan a cumplir con tales órdenes se consideran traidoras, cómplices!  Una característica del puritanismo es tomar prestado, en nombre de un llamado bien general, los argumentos de la protección de las mujeres un estado de víctimas eternas. #metoo ha provocado en la prensa una campaña de denuncias de personas que, sin tener la oportunidad de defenderse, fueron puestas en el mismo nivel que los delincuentes sexuales.  La ola purificadora parece no conocer ningún límite. Censuramos un desnudo de Egon Schiele; pedimos la eliminación de una pintura de Balthus de un museo por apología de la pedofilia; en la confusión del hombre y la obra, pedimos la prohibición de la obra de Roman Polanski. Una académica considera que la película de Michelangelo Antonioni Blow-Up es "misógina" e "inaceptable". A la luz de este revisionismo, ni John Ford ni incluso Nicolas Poussin quedan a salvo.  Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que toma el rostro del odio hacia los hombres y el sexo. Los incidentes que pueden tener relación con el cuerpo de una mujer no necesariamente comprometen su dignidad y no deben, convertirla en una víctima perpetua. Porque no somos reducibles a nuestro cuerpo. Nuestra libertad interior es inviolable. Y esta libertad que valoramos no está exenta de riesgos o responsabilidades./

(CC BY-SA 2.5)

 

Termino, ya que este escrito dominical se está alargando demasiado. Quería haber hablado al hilo de esto del Código Hays de Hollywood, de la censura franquista, de la quema de libros, del disidente y la heterodoxia… pero eso puede ser material para otra semana. Mejor acabo de la mano de Nick Cave (al que le pareció intolerable que censuraran el precioso villancico de The Pogues “Fairtales in New York” porque en una discusión de pareja, ella le llamaba a él “maricón”):

“... if we don't have forgiveness, then we don't have freedom to speak our minds. We don't have freedom to make mistekes, and, the way we grow as humnan beings is to make mistakes, we make mistakes and we learn from them.... i think we need freedom to make mistakes, that's what life's all about, as far as i'm concerned”.

 

Y cierro esta página de mi Cuaderno con las palabras con las que concluye las conferencias mi admirada Paglia: “Odia el dogma. Ama el aprendizaje. Ama el arte”.